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Obra: Éxtasis de Santa Teresa. Iglesia de Santa María de la Victoria (Capilla Cornaro). Roma.
Autor: Gian Lorenzo Bernini (Nápoles. 1598-1680).
Género: Escultura. Bulto redondo. Tema religioso.
Estilo: Arte Barroco.
Cronología: Siglo XVII. 1647-1651. Italia.
Otras obras: Apolo y Dafne, Rapto de Proserpina, David, Beata Albertona moribunda, Sepulcro de Urbano VIII...

Bernini crea un grupo escultórico en mármol que más parece una composición pictórica, donde hace visible la experiencia narrada por la Santa de Ávila: aparece ella en profundo éxtasis místico con sus ojos pesadamente cerrados y su boca entreabierta, transmitiendo una sensación híbrida entre placer y dolor. Teresa parece estar dando esos quejidos a la vez que experimenta la suavidad de la que nos habla; la pesada tela del hábito contrasta con la expresión del rostro y la relajación o entrega corporal, visible en la mano y el pie que aquél deja ver. Los profundos pliegues de la tela materializan el arrebato que la Santa está viviendo. A la izquierda, el ángel sonriente y pícaro, tras introducir, una vez más, el dardo del amor divino en el corazón de Teresa.
Lo primero que vemos es un grupo escultórico o conjunto escenográfico, donde Santa Teresa de Jesús está en pleno arrebato místico sobre unas vaporosas nubes, en el mismo instante que un ángel la acaba de atravesar con un dardo de amor cristiano. Con esta obra supo Bernini lograr unos efectos escenográficos alucinantes, irreales por la luz y el volumen, sin límites definidos y todo para plasmar el clímax de la Santa en la estatua. Ese efecto luminoso hace que las figuras parezcan suspendidas en el aire. Integra el conjunto la pintura, la escultura y la arquitectura: pintura en la policromía de la estructura arquitectónica y arquitectura en el hueco por donde entra una luz cenital, dedicada toda a la escultura. Santa Teresa está recostada sobre unas nubes y elige, como el momento preciso, el clímax emocional de la Santa, donde se representa todo el sentimiento teatral y escenográfico del barroco. 

El ambiente supranatural se aumenta por esa luz cenital que no proyecta sombras, que resbala por los rayos dorados y que simboliza la divinidad iluminando al conjunto. Pero esa luz es captada de diferente manera por la Santa que por el ángel, por la diferente textura de sus ropajes, el mármol está labrado de diferente forma, pulido y rugoso y la luz influye de diferente manera en cada superficie. El ángel que acaba de bajar del cielo está sonriente, con el dardo divino que penetró el pecho de la Santa en el momento del éxtasis, pero su plegado es distinto al de la Santa porque el ángel acaba de descender y lleva el vestido pegado al cuerpo siguiendo la técnica de paños mojados. En la Santa el paño es más pesado, con un plegamiento más tosco, más acartonado. Las únicas partes del cuerpo de la Santa que sobresalen del vestido son: la cabeza, la mano izquierda y un pie. El cuerpo quiere ocultarlo porque en el Barroco no interesa, pero se muestra debajo de ese tejido como un cuerpo relajado, pesado, en unión amorosa con Cristo, en éxtasis místico. Tanto el pie como el brazo caen hacia abajo. Parece como si todo el cuerpo fuera elevándose sin esfuerzo por encima de esa nube.
El ángel a la izquierda, sin sexo definido, de labra maravillosa y más acabada, su propia posición vertical contrasta con el arrobamiento de la Santa: «Cuando está en el arrobamiento el cuerpo queda como muerto, sin poder nada de sí [...]» -confesó Santa Teresa en sus escritos.
El estudio de la obra se completa con el expresionismo apreciable en el rostro exagerado de la santa, la violencia y dinamismo de la acción y los ropajes, los efectos de claroscuro, también en el ropaje y los efectos de pulido del mármol en unas zonas y rugosidad en otras.

Esta teatral obra de Bernini se encuentra en la iglesia carmelita descalza de Santa Maria della Victoria de Roma, en la Capilla Cornaro. Esta capilla se llamó la del Cornaro porque así se llamaba el encargante, el Cardenal Cornaro, y está toda la capilla decorada en función de este grupo escultórico. Los miembros de esta familia asisten al prodigio de la transverberación de la Santa de Ávila desde dos palcos abiertos en los laterales de la capilla. Alrededor, en las paredes laterales, se encuentran divididos en balcones los distintos miembros de la familia que le encargó esta obra (la familia Cornaro); ya que querían aparecer en ésta, Bernini originalmente los colocó en palcos como si de una actuación teatral se tratase, observando éstos lo que estaba ocurriendo en escena.

 Quien entra en la Iglesia romana de Santa María della Vittoria y, tras discurrir por ella, llega al crucero izquierdo, verá la capilla funeraria que el cardenal veneciano Federico Cornaro mandó erigir. ¡Todo un espectáculo! para mostrarnos cómo un suceso que acontece en la España del XVI (la experiencia de la unión mística con Dios vivida por una monja reformadora y andariega) se convierte ante nuestros ojos en real, contemporáneo y, a la vez, eterno.: Teresa recibe, a través del ángel, el gozo extasiador, pero a la vez doloroso, de la experiencia divina con la que desde la morada celeste el Espíritu la regala. Los Cornaro, desde las tribunas laterales, son testigos con nosotros de lo que está ocurriendo, lo comentan y lo discuten.


Pero hay que leer a la santa, si queremos comprender y gustar de la obra de Bernini: "Vi un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal (...); no era grande sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter con el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarlo me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad (...) que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo y aun harto. Es un requiebro tan suave, que pasa entre el alma y Dios que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensara que miento".
Y Bernini hizo su «composición de lugar», como San Ignacio aconseja en los «Ejercicios Espirituales»; Teresa era santa; el grupo escultórico en mármol se encuentra suspendido sobre una nube algodonosa, bañado en la luz, como si a pesar de su realismo fuera nuestra propia visión beatífica».


Los racionalistas del siglo XVIII y psicólogos (freudianos o no), han visto en la experiencia mística de la Santa, y en el ángel (que para ellos se asemeja más a un Cupido), expresiones de un amor más carnal que divino, un auténtico orgasmo biológico. Ello es así porque han sido incapaces de comprender a Teresa, a Bernini y a toda una época, la Contrarreforma católica. 
El autor es Gian Lorenzo Bernini, la figura culminante del espíritu barroco italiano. Marca con su sello toda una época y basta su obra para comprender y sentir el barroco italiano. Bernini dominó todas las disciplinas artísticas, pero por encima de todo su vocación fue la escultura. Los rudimentos de la profesión los adquiere con su padre, que en 1605 se traslada de Nápoles a Roma. A partir de entonces, el joven Bernini copia las antigüedades grecolatinas del Vaticano y admira el arte de Miguel Ángel. Años después sus contemporáneos lo consideraran el Miguel Ángel del siglo XVII. Su técnica será perfecta y su virtuosismo genial lo desarrolla desde la juventud. A él le atrae lo decorativo, la exuberancia y el misticismo. El modelado de la curva y la multiplicidad de planos conducen a la aparatosidad y la conmoción. Su virtuosismo es excepcional al hacer que el mármol se convierta en carne, telas o vegetales. Sus características principales serán el movimiento exaltado y en plena acción, la búsqueda de calidades texturales, la violencia expresiva, el psicologismo o tratar de reflejar las pasiones del alma y un profundo naturalismo, frente a la rebuscada elegncia del manierismo. El material que utilizó fue el mármol y tanto las figuras aisladas como los grupos tendrán un punto de vista frontal. Es el artista que mejor consigue integrar espacio, tiempo y luz, intentando romper las barreras físicas entre el espacio real y la ficción artística creando la ilusión de infinito; ilusionísmo que conscientemente pretende integrar al espectador en la vivencia de lo celeste, partiendo, eso sí, de la materialidad que lo envuelve. Teatral si se quiere.
En sus años de juventud hace obras mitológicas y alegóricas para el Cardenal Borghese, caracterizada por el movimiento y la línea serpentinata: Rapto de Proserpina, Hermafrodito dormido, Apolo y Dafne o David. En su época de madurez, se desarrolla el Periodo Medio, el más creativo de su carrera. Son los años del pontificado de Inocencio X, alcanzando la cima de su arte, unificando todas las artes y logrando el supremo espectáculo de la teatralidad barroca. A este período corresponde la obra estudiada, además de otras obras teatrales, tales como la Beata Albertona, la Fuente de los cuatro ríos en la Plaza Navona de Roma, los Sepulcros de Urbano VIII y, Alejandro VII en el Vaticano o el Busto de Luis XIV, cuando estuvo en Versalles trabajando para el Louvre.


Hacia 1665, durante el pontificado de Alejandro VII, Bernini evoluciona hacia el estilo tardío, buscando el expresivísimo y la espiritualidad, tan típica en la etapa final de los grandes maestros italianos, según se ve en Donatello y Miguel Ángel. Las figuras se alargan y los ropajes se retuercen y agitan, como muestran los Ángeles con los atributos de la pasión, que decoran las barandillas del Puente de Sant´Angelo, modelados entre 1668 y 1671.

CONTEXTO HISTÓRICO:

El término “Barroco” se acuñó, con sentido peyorativo o despectivo en el Neoclasicismo, a finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX. Este carácter negativo le venía dado por su recargamiento y complicación decorativa, siendo un estilo muy criticado hasta finales del siglo XIX. A partir de ahí empezó a ser un arte con características propias, que supone una reacción frente al racionalismo renacentista y continuación del Manierismo. Sus características innatas son el movimiento, el dinamismo, la teatralidad, el expresionismo y la propaganda del poder.

En su desarrollo influye la Iglesia de la Contrarreforma, en la que los papas son los mecenas. La iglesia católica renovará la iconografía e impondrá el gusto por las composiciones aparatosas, para expresar su superioridad frente a la herejía protestante.
Como arte cortesano, el Barroco se pone al servicio de los monarcas absolutos, que encargan la construcción de grandiosos palacios. Este arte busca emocionar al pueblo y persuadirlo de que la monarquía es la mejor forma de gobierno. Es un arte con una finalidad propagandística evidente.
Se puede hablar dentro del Barroco de dos etapas: el Barroco pleno (1630-1680) y el Barroco tardío o Rococó (hasta mediados del siglo XVIII).

Obra: Éxtasis de Santa Teresa. Iglesia de Santa María de la Victoria (Capilla Cornaro). Roma.
Autor: Gian Lorenzo Bernini (Nápoles. 1598-1680).
Género: Escultura. Bulto redondo. Tema religioso.
Estilo: Arte Barroco.
Cronología: Siglo XVII. 1647-1651. Italia.
Otras obras: Apolo y Dafne, Rapto de Proserpina, David, Beata Albertona moribunda, Sepulcro de Urbano VIII...

Bernini crea un grupo escultórico en mármol que más parece una composición pictórica, donde hace visible la experiencia narrada por la Santa de Ávila: aparece ella en profundo éxtasis místico con sus ojos pesadamente cerrados y su boca entreabierta, transmitiendo una sensación híbrida entre placer y dolor. Teresa parece estar dando esos quejidos a la vez que experimenta la suavidad de la que nos habla; la pesada tela del hábito contrasta con la expresión del rostro y la relajación o entrega corporal, visible en la mano y el pie que aquél deja ver. Los profundos pliegues de la tela materializan el arrebato que la Santa está viviendo. A la izquierda, el ángel sonriente y pícaro, tras introducir, una vez más, el dardo del amor divino en el corazón de Teresa.

Lo primero que vemos es un grupo escultórico o conjunto escenográfico, donde Santa Teresa de Jesús está en pleno arrebato místico sobre unas vaporosas nubes, en el mismo instante que un ángel la acaba de atravesar con un dardo de amor cristiano. Con esta obra supo Bernini lograr unos efectos escenográficos alucinantes, irreales por la luz y el volumen, sin límites definidos y todo para plasmar el clímax de la Santa en la estatua. Ese efecto luminoso hace que las figuras parezcan suspendidas en el aire. Integra el conjunto la pintura, la escultura y la arquitectura: pintura en la policromía de la estructura arquitectónica y arquitectura en el hueco por donde entra una luz cenital, dedicada toda a la escultura. Santa Teresa está recostada sobre unas nubes y elige, como el momento preciso, el clímax emocional de la Santa, donde se representa todo el sentimiento teatral y escenográfico del barroco.

El ambiente supranatural se aumenta por esa luz cenital que no proyecta sombras, que resbala por los rayos dorados y que simboliza la divinidad iluminando al conjunto. Pero esa luz es captada de diferente manera por la Santa que por el ángel, por la diferente textura de sus ropajes, el mármol está labrado de diferente forma, pulido y rugoso y la luz influye de diferente manera en cada superficie. El ángel que acaba de bajar del cielo está sonriente, con el dardo divino que penetró el pecho de la Santa en el momento del éxtasis, pero su plegado es distinto al de la Santa porque el ángel acaba de descender y lleva el vestido pegado al cuerpo siguiendo la técnica de paños mojados. En la Santa el paño es más pesado, con un plegamiento más tosco, más acartonado. Las únicas partes del cuerpo de la Santa que sobresalen del vestido son: la cabeza, la mano izquierda y un pie. El cuerpo quiere ocultarlo porque en el Barroco no interesa, pero se muestra debajo de ese tejido como un cuerpo relajado, pesado, en unión amorosa con Cristo, en éxtasis místico. Tanto el pie como el brazo caen hacia abajo. Parece como si todo el cuerpo fuera elevándose sin esfuerzo por encima de esa nube.

El ángel a la izquierda, sin sexo definido, de labra maravillosa y más acabada, su propia posición vertical contrasta con el arrobamiento de la Santa: «Cuando está en el arrobamiento el cuerpo queda como muerto, sin poder nada de sí [...]» -confesó Santa Teresa en sus escritos.

El estudio de la obra se completa con el expresionismo apreciable en el rostro exagerado de la santa, la violencia y dinamismo de la acción y los ropajes, los efectos de claroscuro, también en el ropaje y los efectos de pulido del mármol en unas zonas y rugosidad en otras.

Esta teatral obra de Bernini se encuentra en la iglesia carmelita descalza de Santa Maria della Victoria de Roma, en la Capilla Cornaro. Esta capilla se llamó la del Cornaro porque así se llamaba el encargante, el Cardenal Cornaro, y está toda la capilla decorada en función de este grupo escultórico.

Los miembros de esta familia asisten al prodigio de la transverberación de la Santa de Ávila desde dos palcos abiertos en los laterales de la capilla. Alrededor, en las paredes laterales, se encuentran divididos en balcones los distintos miembros de la familia que le encargó esta obra (la familia Cornaro); ya que querían aparecer en ésta, Bernini originalmente los colocó en palcos como si de una actuación teatral se tratase, observando éstos lo que estaba ocurriendo en escena.

Quien entra en la Iglesia romana de Santa María della Vittoria y, tras discurrir por ella, llega al crucero izquierdo, verá la capilla funeraria que el cardenal veneciano Federico Cornaro mandó erigir. ¡Todo un espectáculo! para mostrarnos cómo un suceso que acontece en la España del XVI (la experiencia de la unión mística con Dios vivida por una monja reformadora y andariega) se convierte ante nuestros ojos en real, contemporáneo y, a la vez, eterno.: Teresa recibe, a través del ángel, el gozo extasiador, pero a la vez doloroso, de la experiencia divina con la que desde la morada celeste el Espíritu la regala. Los Cornaro, desde las tribunas laterales, son testigos con nosotros de lo que está ocurriendo, lo comentan y lo discuten.

Pero hay que leer a la santa, si queremos comprender y gustar de la obra de Bernini: "Vi un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal (...); no era grande sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter con el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarlo me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad (...) que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo y aun harto. Es un requiebro tan suave, que pasa entre el alma y Dios que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensara que miento".

Y Bernini hizo su «composición de lugar», como San Ignacio aconseja en los «Ejercicios Espirituales»; Teresa era santa; el grupo escultórico en mármol se encuentra suspendido sobre una nube algodonosa, bañado en la luz, como si a pesar de su realismo fuera nuestra propia visión beatífica».

Los racionalistas del siglo XVIII y psicólogos (freudianos o no), han visto en la experiencia mística de la Santa, y en el ángel (que para ellos se asemeja más a un Cupido), expresiones de un amor más carnal que divino, un auténtico orgasmo biológico. Ello es así porque han sido incapaces de comprender a Teresa, a Bernini y a toda una época, la Contrarreforma católica.

El autor es Gian Lorenzo Bernini, la figura culminante del espíritu barroco italiano. Marca con su sello toda una época y basta su obra para comprender y sentir el barroco italiano. Bernini dominó todas las disciplinas artísticas, pero por encima de todo su vocación fue la escultura. Los rudimentos de la profesión los adquiere con su padre, que en 1605 se traslada de Nápoles a Roma. A partir de entonces, el joven Bernini copia las antigüedades grecolatinas del Vaticano y admira el arte de Miguel Ángel. Años después sus contemporáneos lo consideraran el Miguel Ángel del siglo XVII. Su técnica será perfecta y su virtuosismo genial lo desarrolla desde la juventud. A él le atrae lo decorativo, la exuberancia y el misticismo. El modelado de la curva y la multiplicidad de planos conducen a la aparatosidad y la conmoción. Su virtuosismo es excepcional al hacer que el mármol se convierta en carne, telas o vegetales. Sus características principales serán el movimiento exaltado y en plena acción, la búsqueda de calidades texturales, la violencia expresiva, el psicologismo o tratar de reflejar las pasiones del alma y un profundo naturalismo, frente a la rebuscada elegncia del manierismo. El material que utilizó fue el mármol y tanto las figuras aisladas como los grupos tendrán un punto de vista frontal. Es el artista que mejor consigue integrar espacio, tiempo y luz, intentando romper las barreras físicas entre el espacio real y la ficción artística creando la ilusión de infinito; ilusionísmo que conscientemente pretende integrar al espectador en la vivencia de lo celeste, partiendo, eso sí, de la materialidad que lo envuelve. Teatral si se quiere.

En sus años de juventud hace obras mitológicas y alegóricas para el Cardenal Borghese, caracterizada por el movimiento y la línea serpentinata: Rapto de Proserpina, Hermafrodito dormido, Apolo y Dafne o David. En su época de madurez, se desarrolla el Periodo Medio, el más creativo de su carrera. Son los años del pontificado de Inocencio X, alcanzando la cima de su arte, unificando todas las artes y logrando el supremo espectáculo de la teatralidad barroca. A este período corresponde la obra estudiada, además de otras obras teatrales, tales como la Beata Albertona, la Fuente de los cuatro ríos en la Plaza Navona de Roma, los Sepulcros de Urbano VIII y, Alejandro VII en el Vaticano o el Busto de Luis XIV, cuando estuvo en Versalles trabajando para el Louvre.

Hacia 1665, durante el pontificado de Alejandro VII, Bernini evoluciona hacia el estilo tardío, buscando el expresivísimo y la espiritualidad, tan típica en la etapa final de los grandes maestros italianos, según se ve en Donatello y Miguel Ángel. Las figuras se alargan y los ropajes se retuercen y agitan, como muestran los Ángeles con los atributos de la pasión, que decoran las barandillas del Puente de Sant´Angelo, modelados entre 1668 y 1671.

CONTEXTO HISTÓRICO:
El término “Barroco” se acuñó, con sentido peyorativo o despectivo en el Neoclasicismo, a finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX. Este carácter negativo le venía dado por su recargamiento y complicación decorativa, siendo un estilo muy criticado hasta finales del siglo XIX. A partir de ahí empezó a ser un arte con características propias, que supone una reacción frente al racionalismo renacentista y continuación del Manierismo. Sus características innatas son el movimiento, el dinamismo, la teatralidad, el expresionismo y la propaganda del poder.

En su desarrollo influye la Iglesia de la Contrarreforma, en la que los papas son los mecenas. La iglesia católica renovará la iconografía e impondrá el gusto por las composiciones aparatosas, para expresar su superioridad frente a la herejía protestante.

Como arte cortesano, el Barroco se pone al servicio de los monarcas absolutos, que encargan la construcción de grandiosos palacios. Este arte busca emocionar al pueblo y persuadirlo de que la monarquía es la mejor forma de gobierno. Es un arte con una finalidad propagandística evidente.
Se puede hablar dentro del Barroco de dos etapas: el Barroco pleno (1630-1680) y el Barroco tardío o Rococó (hasta mediados del siglo XVIII).

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