San Virila, aquel abad de Leyre que desapareció de su tiempo y de su mundo como quien se echa una siesta bajo el sol. Su historia es similar a la de aquellos que pasan de un sitio a otro caminando por un camino o carretera y de pronto se encuentran en otro sitio, en otra época. La historia de San Virila podría tener una explicación científica, al menos en el futuro.
Cuentan que fue un 26 de octubre cuando su nombre volvió a recordarse en el monasterio y que no ha dejado de hacerse en los calendarios desde entonces, al menos en los parajes de Navarra.
No es que se le recuerde por haber hecho milagros portentosos ni por haber llevado vida de santos de las que se escriben en letras de oro. No, Virila era un monje de esos que viven para mirar el cielo y perderse en los rumores de la sierra, con una paz o deseo de meditar, que lo empuja a retirarse de vez en cuando al monte, lejos de los rezos comunes y las oraciones del coro.
Hasta que, según se dice, Dios o acaso el destino, le ofreció una experiencia de esas que transforman hasta al más curtido. Imaginemos la escena: una fuente cristalina, la sombra apacible de un árbol, el canto de un pajarillo. Era suficiente para que el abad, arrobado, se sintiera en el paraíso y se olvidara del tiempo. Pero se olvidó tanto que, cuando volvió de aquel éxtasis, habían pasado tres siglos.
Así, el buen Virila regresó a su monasterio, el mismo que había dejado poco rato atrás, al menos en su mente o fuera de la dimensión especial en la que se entretuvo; y se encuentra con que nadie lo reconoce. Sus hermanos, los suyos, ya no están. No le cuadran ni las caras ni los hábitos, porque los nuevos monjes visten de blanco, no de negro, siguiendo la reforma cisterciense de la que él no tenía noticia ni imaginaba. Nadie le cree cuando asegura ser su abad, desaparecido hace trescientos años y hay que investigar en los archivos para encontrar, perdido en pergaminos antiguos, el nombre de un abad Virila desaparecido sin rastro.
Sitio donde San Virila durmió su largo sueñoY, como si aquel pajarillo que lo arrulló en la fuente también fuera mensajero del cielo, de repente, uno de estos pájaros desciende con el anillo abacial que Virila había dejado atrás, el cual vuelve a posarse en el dedo del monje.
Aquella revelación, tan enigmática como el vuelo del ave, hace que los monjes lo acepten como un milagro, que lo incluyan en sus rezos y veneren sus reliquias durante siglos, incluso tras ser trasladadas a la catedral de Pamplona cuando los monjes fueron expulsados en tiempos de Mendizábal.
San Virila se convirtió en leyenda y es de esas leyendas que, como la niebla en los valles de Navarra, no se disipan nunca del todo.
Algunos han dicho que otros santos tuvieron también la misma suerte, perdiéndose por siglos en un instante de gloria, como si el tiempo, ante ciertos milagros, no pudiera menos que hacer reverencia y detenerse.
Sea leyenda o realidad, que ha habido casos estudiados por parapsicólogos o estudiosos de lo desconocido, la historia de Virila sigue recorriendo Europa desde los viejos días en que vivió; y, allí sigue el eco de su éxtasis, flotando en el aire.