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Correa de Arauxo y otros músicos del siglo de Oro sevillano menos populares






Pocos conocen quién fue Correa de Arauxo y lleva su nombre una calle de Sevilla, calle a la que dan las ventanas de la casa donde lamentablemente murió asesinada Marta del Castillo. Esta zona era campo en los años 60 del siglo XX, huertas en las que hubo en su día hasta una fábrica de corcho, hoy linderas con la Barriada del Carmen y la urbanización El Chocolate.

Francisco Correa de Arauxo fue un músico organista y personaje polémico que llegó a mantener seis pleitos en unos ocho meses, contra el cabildo de la Iglesia Colegial del Salvador a causa de incumplimiento de tocar el órgano en la capilla de música; y también por no haber dejado de hacerlo, de tocar el órgano, aun cuando le habían indicado lo contrario.

Arauxo fue conocido en la época como un excelente organista pero, sin duda, además de talento tenía valentía, pues no dudó en arrojar al coro un documento reivindicativo gritando a su vez que estaba siendo obligado a tocar, con gran despecho porque se le negaba un incremento solicitado en su salario desde hacía, ni más ni menos que cuarenta años; mientras a los demás, sus compañeros músicos de capilla, se les había hecho efectivo el aumento salarial. Los problemas de dinero son de ayer de hoy y de siempre en España.


 

 Sabemos estos detalles por las investigaciones que cuenta Clara Bejarano Pellicer en su tesis doctoral, así como la existencia de tres músicas negras que eran esclavas de la Casa de Medina Sidonia especialmente cuidadas por el Duque de Medinaceli, dado su virtuosismo. Las mujeres llevaban por nombre Constanza de Jesús, Elena de la Santísima Trinidad y Polonia Evangelista, y los instrumentos que tocaban eran el arpa, el violín y la vihuela.

Los esclavos negros en el Siglo de Oro sevillano tuvieron especial relevancia musical y especial significación y, seguro influencia, en la música popular del sur español. Siempre especialmente sensibles para las habilidades musicales, se entregaban en fiestas y domingos, en las proximidades de Santa María La Blanca, sede de su hermandad religiosa, a reuniones con panderos, con tambores y otros instrumentos de percusión y propios de su tradición africana y cultura autóctona, en bailes como la chacona,  el paracumbé o la zarabanda.






También participaban en algunas procesiones solemnes como El Corpus, negros danzantes, que hacían de diablillos y venían a representar lo mismo que la Tarasca o los cabezudos, los desórdenes humanos, los pecados y la simbología de redención por el Sacramento de la Penitencia y Comunión, llegando incluso a quedar testimonios en la documentación histórica de grupos tales como Los Negros de Crimea o también el grupo de Los Reyes Negros.

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