La brujería fue un fenómeno social, religioso y judicial que marcó profundamente la Europa moderna. Entre los siglos XV y XVIII, cientos de personas fueron acusadas de practicar actos de maleficio o de pactar con el demonio. Estos procesos reflejan la interacción entre creencias populares, tensiones sociales y mecanismos de control institucional.
Orígenes y contexto
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El miedo a la brujería surgió en contextos de crisis: hambrunas, epidemias y conflictos políticos.
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La Iglesia, tanto católica como protestante, legitimó la persecución mediante doctrinas sobre el demonio y el pecado.
Libros como el Malleus Maleficarum sistematizaron acusaciones y procedimientos judiciales contra las brujas.
Persecución judicial
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Tribunales civiles y eclesiásticos evaluaban acusaciones.
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España tuvo un modelo más moderado, con la Inquisición evitando ejecuciones masivas.
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Alemania, Francia y Suiza vivieron oleadas más intensas, con cientos de ejecuciones en cortos periodos.
Se aplicaban confesiones bajo tortura, testimonios de vecinos y pruebas simbólicas.
Perfil de los acusados
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La mayoría eran mujeres, especialmente viudas, curanderas o personas marginadas socialmente.
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Estereotipos comunes: mujeres de edad avanzada, independientes o con conocimientos de hierbas y medicina tradicional.
Los acusados masculinos eran menos frecuentes, generalmente vinculados a prácticas de hechicería local.
Dimensión cultural y social
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La brujería reflejaba tensiones sociales y miedos colectivos.
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Permitía a las autoridades regular la moral y consolidar el control social.
Los objetos, rituales y creencias asociados muestran la riqueza de la cultura popular y sus resistencias frente al poder central.
Conclusión
La historia de la brujería permite entender cómo las sociedades construyen enemigos internos en tiempos de crisis, la función del miedo en el control social y la relación entre religión, género y justicia. Su estudio revela la compleja interacción entre superstición, política y cultura material en la Europa moderna.

